Misión Espada
- tenoch_barcelona

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Misión San Francisco de la Espada, legado del pasado, obra de manos sabias e indígenas que le dieron sentido al cielo y al río y a las geometrías ondulantes en el incesante fluir del tiempo y del todo.
Ubicada al sur de la 410 en San Antonio de Béjar, es la misión de aquella provincia del antiguo virreinato donde convergen los caminos reales y los coahuiltecos.
Una composición de todas las verdades, de sangres e historias, de las lenguas que prefirieron la dignidad de permanecer ocultas y de las otras que fueron difundidas como luces esparcidas por la ventana, difuminadas en el suelo con los aires estancados en el rincón de generaciones, y las olas sonoras que se fundieron con la naturaleza, grabadas para siempre sin rendirse al cero, apartadas en silencio.
Una memoria colectiva de bellas y feas, de raíces y bienes, de conquistadores, incursiones y conversiones, de figuras clandestinas, y de las tribus cuyas historias diversas se quedaron atrancadas en los polvos, entre aires y aguas, nopales y maderas, tesoros y entierros, en las paredes hechas por sus propias manos, de luces intermitentes y sombras atestiguadas por las ventanas reales, bajo el sometimiento de un rey apartado en silencio.
Una obra del mestizaje cuya historia obtuvo la ubicua orientación de un lente y de una lengua hasta que hubo fractura en la corona.
Y fue allí, en las grietas del tiempo, de manos sometidas, de doctrina impuesta, que se escuchó un grito de independencia, un grito que fue para todos, y de pronto las misiones pasaron a ser patrimonio vigente, reivindicadas por el cura en Dolores Hidalgo.
Pero ese sol y la ilusión pronto se acostaron, dejando un crepúsculo transparente de voces y de manos olvidadas, de tierras mal atendidas que aún seguían luchando para preservar las memorias de sus lenguas y culturas y las voces de sus antepasados.
Los caminos reales convergen en la espada que viene apuñalando sin permiso, sometiendo para llegar a decir que fue para el bien del otro que se quedó sin rostro y sin voz.
Era una historia que llegó a declararse independiente, que levantó la colcha roja y tres siglos de represión para volver a ser sometida por una nueva doctrina mal invitada, que llegó a suprimir, tergiversando la historia, ondeando banderas imprecisas.
Tal fue el azar del Valero, tomado para apoyar a la nueva república y su afán, una mitología de inversos que se independizó para entregarse a la falsa doctrina de la esclavitud, liberada de un yugo para volver a ser sometida, para volver a lo mismo, rescatada por la teoría y el dictamen de guerra civil, dando luz a un día de liberación que no era de su propia voluntad y que sigue sin cumplirse.
Las nuevas generaciones del tiempo moderno aún lo atesoran y lo guardan con lucidez, como los pinos y las lluvias que empeñan con esmero y la buena intención de preservar y extraer una verosimilitud del reencuentro.
Historia vigente nos pertenece a ninguno y a todos, pero solamente por medio del camino que reúne origen y destino podemos acercarnos a su propia realización, desconociendo banderas y fronteras efímeras.


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