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El secreto del primo Azúcar

Foto del escritor: tenoch_barcelona
tenoch_barcelona
15 ago
7 min de lectura

Un día, el primo Azúcar se levantó a las ocho y media y fue sin prisa a la cocina. Puso agua a hervir para el café y luego abrió el refri para ver lo que había. Sacó los tres huevos, una salchicha y una tajada de queso. Cortó el win con un cuchillo de mantequilla y lo empezó a freír en aceite, sobre la estufa eléctrica. 


De repente, se oyeron unos alaridos espantosos desde el interior de la casa, que lo azotaron como un relámpago. Apagó el sartén y llegó hasta la puerta entreabierta que daba a la recámara. Se asomó con cautela, sin que fuera visto. 


Allí estaban la tía Viviana, desconsolada, con la tía Rosita a su lado. Estaban estremecidas hasta lo más profundo. Parecía que el cielo se les hubiera caído encima.


Azúcar era inteligente y perspicaz. Entendía que el día ya no les pertenecía. Sabía además que necesitaba mantenerse encima de la cascada de emociones que venían por él y desplazar su decaída propia, para el bien de todos. 


Su primer impulso fue despertar al tío Florentino, pero él se había quedado bien empastillado desde la noche anterior, hundido entre el remolino de sabanas y cobijas revueltas, su respiración muy lenta. Prendió la luz y lo sacudió fuertemente, sin resultado.


—Pinche inútil, cuando más te necesito —exclamó de pura frustración, sabiendo que no había ninguna esperanza de sacarlo de su sueño.  


Entonces llegó con el más grande de sus hermanos y lo despertó.


—Ven conmigo, necesito tu ayuda.


Su hermano se levantó sin vacilar, como le tenía mucha confianza a Azúcar, dándose cuenta de que algo andaba mal. Se puso los zapatos y lo siguió hasta la cocina.


—Mira, yo tengo que salir —le dijo, apagando el agua—. Por favor, encárgate de los huevos, tú ya sabes hacerlos. Haz el desayuno para todos los demás.


—¿Qué quieres que haga con tres huevos y tan poco win?


—Allí divídelos como puedas.


—Y tú, ¿a dónde vas?


—A hacer unos mandados. Oye, tenemos que movernos rápido. Vamos a Piedras Negras esta tarde.


—¿Por qué?


—Hazme caso —le dijo. Entonces pensó en su hermanita, que se había agripado unos días antes—. ¿Cómo sigue la Chichina?


—Bien mal… Anoche estaba ardiendo de fiebre y tenía mucha tos. Ya se nos acabó su medicina.


—Hijo de la chingada… —exclamó y se puso a pensar. 


Azúcar abrió el refri y el congelador, luego pasó por la despensa. Sacó todo lo que no se había abierto, una lata de Old El Paso Enchilada Sauce, dos latas de atún, un botecito de canela y una bolsa de elote congelado, y metió todo en una bolsa de plástico. 


—Bueno, ahorita vengo —le dijo a su hermano—, yo le voy a traer más medicina. Despierta a los primitos y hermanitos, que todos se vistan y se pongan los zapatos.


Entonces fue a la otra recámara donde él dormía y sacó la carta que le había mandado la tía Nicolasa unos días antes. La leyó de nuevo para conseguir un minuto de calma:


Querido Azúcar, estoy escondida escribiéndote esta notita porque aquí están todos. Es que Paris, el tío de Victoria y Pedro, se compró un carro nuevo (usado, por supuesto) y vino a enseñárnoslo. No es mi estilo, pero cada quien con sus gustos. Es azul. Acabamos de regresar a casa hace unos días. El ticket de lotería que te mando lo compré a la salida de Houston. Es la primera vez que me saco $10. Ahora te lo mando porque dicen que da buena suerte regalar el primer premio que uno se gana. Claro que si fuera de $10,000 uno no lo regalaría (ja, ja, ¡qué chistosa soy!). Saludos de parte de todos acá en “El Águila”. Love, Nicolasa


Azúcar guardó la carta, metió el boleto de lotería en la misma bolsa de plástico y se fue caminando, casi corriendo, al HEB que quedaba cerca en la San Pedro. Consiguió una medicina genérica para niñas pequeñas y luego se acercó a la ventanilla de servicio al cliente.


—Buenos días. Quisiera devolver estos productos y comprar la medicina.


La bolsa de elote ya estaba húmeda por fuera cuando le entregó todo a la representante.


—¿Tiene el recibo? —le preguntó, siguiendo su proceso.


Azúcar se metió las manos en los bolsillos, como si todavía pudiera encontrarlo, aunque sabía que no existía.


—Lo siento, ya no lo tengo —le dijo—, pero son de aquí.


La representante lo miró sin prisa. En su rostro había algo que iba más allá de lo que pedía la transacción. Escaneó los artículos y le devolvió $5.19. Entonces le cobró $6.81 por la medicina, pero a Azúcar no le alcanzaba. Sin pensarlo más, la mujer sacó las monedas de su propia bolsa y puso la diferencia en la caja. 


—Aquí tiene —le dijo, entregándole la medicina y el recibo en una nueva bolsa—. Que pase muy buen día.


—Muchas gracias —dijo Azúcar, mirándola a los ojos—. Otro día regreso y se lo pago.


—No se preocupe.


—Muchas gracias.


En seguida canjeó el boleto de lotería por los $10. Para la gasolina. Aún sabía que no iba a ser suficiente…


Azúcar regresó a la casa y fue directo con su hermanita Chichina. Le dio la medicina, le tocó la frente, le dijo que la quería con todo su corazón.


Entonces llegó con su hermano y le pidió que empezara a juntar la ropa de él y los demás. También las chaquetas y los papeles para cruzar. Notó que su hermano se había encargado bien de los huevos revueltos, que se estaban comiendo los primitos y hermanitos. Incluso les había dado pan tostado y unas tazas de leche. Todavía faltaba el transporte.


Azúcar salió y se puso manos a la obra. La van de la tía Viviana no arrancaba desde hacía tiempo. Prendió las luces y vio que eran de muy baja intensidad. En cambio, el carro de la tía Rosita sí arrancaba, pero necesitaba nuevos frenos. Ya no había tiempo de esperar a que llegara el primo Antonio para arreglarlo. 


Se puso unos guantes. Desconectó con mucho cuidado la batería muerta de la van y la dejó en la cajuela del otro carro, para reciclarla otro día. Entonces sacó la batería buena del carro de la tía Rosita y la colocó en la van, conectando el terminal positivo y luego el negativo. La aguja que marcaba la gasolina apenas llegaba a la primera línea, pero la van arrancó. ¡Azúcar había acertado en su técnica!


El corazón le latía como un colibrí y sentía que iba a explotar, con una energía desbordante. Ya no distinguía entre la calentura de la Chichina, el llanto de la tía Viviana, el peso del secreto que guardaba y el impacto de aquello que había quebrado a las tías, aquella contundencia que lo obligaba a seguir moviéndose.


Dejó el motor corriendo y entró a la casa. Se metió al lugar donde había guardado el secreto y sacó la cajita con mucho cuidado. La sostuvo entre las manos y la abrió. Allí estaban todas las joyas y reliquias de la bisabuela. Ella las había escondido en el ático de la casa de los abuelos durante la inundación de 1954. Después de su muerte, nadie volvió a encontrarlas, hasta que Azúcar dio con la cajita 40 años después, cuando los abuelos dejaron la casa.


Entonces volvió a escuchar a la tía Viviana llorando al fondo de la casa, sin remedio. Regresó a la van y le dio tan rápido como pudo a la casa de empeño en la Blanco, a apenas tres cuadras de la casa. Entró, irguió la espalda y empujó la cajita hacia el hombre, conformándose con lo que le ofrecieron. Recibió el efectivo y se lo metió en el bolsillo. 


De allí fue a llenar la van de gasolina, llegó por unas hamburguesas y papas fritas de Whataburger para toda la familia y se las llevó a la casa. Aun después de todo eso, le sobraban unos billetes, y esos los apartó para el camino.


Por fin, logró despertar al tío Florentino y le dio sus órdenes para que se pusiera en marcha. 


—Levántate, vístete y súbete a la van. Nos vamos.


— Azúcar, a ver, ayúdame a encontrar mis pastillas. Creo que las dejé en mis pantalones… ¿Dónde están mis anteojos y mi cartera?


A las dos y media de la tarde, Azúcar ya tenía a todos acurrucados en la van e iban por la Interstate 35 en camino a Piedras Negras. La medicina había tomado efecto y la Chichina iba tranquila y sin tos, recostada sobre la tía Rosita, al otro lado de su hermano. En la otra fila estaba la tía Viviana con todos los primitos y hermanitos, quienes se la pasaban entre regazos y los rincones que había.


Al volante estaba Azúcar, a cargo de todos. No había muchas palabras, salvo por las súplicas espontáneas de los primitos y hermanitos, y las oraciones audibles que las tías soltaban de vez en cuando, ambas desgastadas de su llanto. 


A las tres y media se salió de la 35, tomando la carretera 57 a la derecha hacia Eagle Pass y Piedras Negras. Fue allí cuando algo se le detonó por dentro y estalló en un llanto repentino detrás de los lentes oscuros. El tío Florentino estaba nuevamente dormido en el asiento de copiloto y nadie más se dio cuenta cuando su propio interior se desplomó. 


—Hijo de la chingada… —se volvió a decir, pero no se dejó caer. 


Azúcar logró recobrar la compostura dentro de poco tiempo. La carretera 57 era conocida. Aunque todavía faltaban otra hora y media de viaje, sentía que ya casi estaban allá en la frontera. 


A pesar de todos los obstáculos que levantaban las fuerzas superiores y la aparente imposibilidad de llegar a su destino, habían salido justo a tiempo para llegar al funeral del abuelo aquella tarde y reunirse con la demás familia. 


Todo gracias a Azúcar.



 
 
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